Construyendo historia

A comienzos de los años 60, IGGAM adquiere la firma Ceresita.

Allí, el equipo de IGGAM se encuentra con el químico industrial Javier Salvatti, quien estaba enfocado en ampliar y desarrollar nuevos y diferentes productos, además de estar en continuo contacto con la firma alemana Hoesch, dedicada a la fabricación de insumos químicos.

De esta forma, Salvatti entra en conocimiento de uno de estos insumos, un producto llamado Mowilith DM 200: una dispersión diseñada para la fabricación de pinturas lavables tanto de exterior como de interior, que brinda mayor poder de adherencia y plasticidad.

Esto despierta en él la idea de desarrollar un producto con estas mismas características, para que al agregarlo a las mezclas cementicias, brindara más plasticidad y adherencia, junto a un mayor agarre a la base.

Así es como nace Tacurú, nuestro aditivo para la construcción.

IGGAM ya tenía la planta de yeso Tuyango en la localidad de Piedras Blancas, Entre Ríos. Allí, uno de los hermanos Bardin, dueños de IGGAM, sugirió llamar Tacurú al nuevo producto.

Tacurú son unas pequeñas hormigas que hacen sus hormigueros en forma de montículo cónico de hasta un metro de altura, para lograrlo mezclan sus excrementos con tierra arcillosa y amalgaman esa mezcla con su saliva tan especial, brindándole a la mezcla mayor adherencia y agarre que los vuelve prácticamente indestructibles.

Dadas las propiedades que brinda el producto, los hermanos Bardin decidieron llamarlo “Tacurú”, en nombre de estos hormigueros tan especiales que se encontraban cerca de la planta.

El ahora conocido Tacurú, se empezó a fabricar en Litia, la planta más importante que tenía IGGAM, situada en Capital Federal.

Años más tarde, se trasladó su producción a Robbins, la planta ubicada en Zárate, Buenos Aires. Allí se construyó un reactor que producía la materia prima que sustituía al producto que se compraba en Hoesch.

Como todo producto nuevo, Tacurú de entrada fue resistido ya que costaba mucho hacerle cambiar la forma de trabajar a los operarios. Mezclar un líquido blanco con arena, cal y cemento no parecía ser demasiado confiable para ellos.

Entonces se decidió presentarlo como una solución para el revestimiento cementicio Salpicrete.

En aquella época, el revestimiento cementicio se utilizaba en la mayoría de las obras, aunque en épocas de calor y si no se lo mojaba de manera constante durante su fraguado final, el producto se “quemaba”. Esto consolidó a Tacurú como el salvador del Salpicrete y de los trabajos de los aplicadores. 

Al ver los beneficios de ese líquido blanco, los operarios comenzaron a utilizarlo en diferentes situaciones: para preparar las pinturas a la cal, como endurecedor de revoques flojos, como fijador, etc. Es ahí donde el mercado lo adopta definitivamente y comienza a crecer de manera muy veloz.

Antes de Tacurú no había ningún producto similar en el mercado. Fue el primer producto que sirvió para aditivar los materiales cementicios y brindarles esas características: plasticidad, adherencia y fijación.